SIEMPRE PEREGRINO - ALWAYS A PILGRIM

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lunes, 11 de junio de 2012

ESOS PERFÚMENES


         Hola, amigos, no estaría bien que empezara hablando de que en ciertos lugares hay poluciones olorosas. Podríais pensar que me estoy refiriendo a este sitio o, peor todavía, a alguno o varios de vosotros. A lo mejor no os equivocabais. Pero, insisto, prefiero dejaros con la duda. No tardaréis en oleros con disimulo. Es una broma. No os pongáis serios. Lo que quiero es que os deis cuenta de que en estos tiempos de acoso a los fumadores, como si el humo de los cigarrillos fuera lo más terrible del mundo, no se castiga igual la pestilencia en cualquiera de sus versiones. Hay regulación de la contaminación atmosférica, acústica y lumínica. En cambio, la emanada de los políticos, que se tiran un programa electoral imposible de cumplir como un cuesco inofensivo que termina siendo muy traicionero, y la odorífera se toleran sin reparos. A veces vienen a ser la misma cosa. Pero me centraré en ésta última, no porque me parezca más insufrible sino porque faltan pocos días para la estación en la que afecta con creciente intensidad las pituitarias desavisadas.

         Hay atentados olfativos que suceden en todas las épocas del año. Por ejemplo, las mujeres de los dientes de oro y las faldas largas huelen que tiran de espaldas allí por donde pasan. Llamadme xenófobo si queréis, pero creo que cuando se desnudan se ensancha el agujero de la capa de ozono. Mi vecina  de arriba usa un perfume tan embriagador que una vez que subíamos juntos en el ascensor y yo llevaba una jaula con mi canario, el pobre pajarico se cayó muerto del columpio y no le dio tiempo a decir ni pío. Por la noche, mientras duermo, de tanto salivar, mi aliento es un arma de destrucción masiva, pues con sólo hacer guaasshh, guaasshh con la boca abierta mato a los mosquitos de mi habitación. Me contó una amiga que trabaja en una zapatería que a uno de sus clientes habituales lo obligan a probarse los zapatos fuera de la tienda y en la acera de enfrente. No en vano, en una ocasión que metió los pies en una bañerita donde había peces de esos que se comen las pieles muertas, los dejó flotando en el agua dando boqueadas. Una hermana suya, bailaora flamenca, que tenía un problema similar de sudoración apestosa, pero en los sobacos, no la volvieron a dejar actuar en Estados Unidos después del 11S ni en Japón con posterioridad al desastre de Fukushima. A mi tío Benito lo licenciaron de la Marina cuando en la primera inmersión se le ocurrió hacer de vientre en el retrete del submarino. Casi se carga a la dotación completa del sumergible. No hubo narices, nunca mejor dicho, a destinarlo a otro barco.

         En cuanto a la peste estacional, su limitación temporal no actúa como atenuante. Más bien diría yo que es un agravante, en el sentido que el portador o causante de los tufos transitorios demuestra ser más desalmado que los fétidos a perpetuidad. Sólo cumpliendo unas elementales normas de higiene y vestimenta su cercanía no haría que saltasen las alarmas olfatorias. Da igual que jure y perjure que se ducha todos los días, si es evidente que no le aguanta hasta la tarde y menos a la noche, que ya su piel exhala un mejunje de transpiraciones tipificadas como delito medioambiental. Convendría advertir también que las bambas de lona, las sandalias de plástico absorbente de hedores pinrélicos y las camisetas de tirantes no son aptas para cualquiera. Se deberían abstener de usarlas aquellos con axilas melenudas o con pies asilvestrados, que no pasan del chape chape en el agua ni conocen el polvo desodorante. El otro día en el autobús se me empañaron las gafas cuando el que estaba a mi lado levantó el brazo para agarrarse a la barra de arriba y me moría de vergüenza al preguntarme mi hijo a grito pelado si creía que podía estar bueno un queso que olía tan fuerte como el que llevaba el señor que se sentaba en el asiento de atrás. Ni qué decir tiene que echarse espray o colonia en las zonas potencialmente pestógenas sin haberlas aseado primero es tan inútil como masticar chicle mentolado después de comer patatas con ajo. No se consigue enmascarar nada y los aromas turbios acaban por salir a escena sin antifaz. En conclusión, que parafraseando la canción de Carlos Mejía Godoy: esos perjumenes de mujer, o de hombre, no nos sulibeyan. 

lunes, 4 de junio de 2012

LA MEMORIA GENÉTICA

        Hola, amigos, ¿qué tal? Yo estoy así, así; comme-ci comme-ça, que dicen los franceses y los políglotas de pacotilla expertos en usar palabras extranjeras, aunque haiga otra forma más mejor de expresarlo en castellano, contra más que a duras penas farfullan algo distinto del voulez vous coucher avec moi, ce soir? Cuando acabe esto, me tenéis que convidar a una caña y, por lo menos, un pincho de tortilla, s’il vous plait. Con telarañas en el estómago y subiéndome por las paredes de hambre, parezco un Spiderman, oui, c’est moi, a pesar de que el disfraz me queda regular porque me marca obscenamente algunas mollas, sobre todo por la parte de la love machine. Os preguntaréis qué me ha pasado, os lo estáis preguntando, PREGUNTÁDMELO YA, pijo. Ay, no, que me da mucha vergüenza. Pero, si tú hace tiempo que la perdiste, acho. Bueno, vale, lo voy a contar. Que me habían preparado en casa un bocadillo de rescate bancario español, o sea, con los pocos trocicos que le quedaban al jamón antes de llegar al hueso. Me cagüen brevas. Lo habían metido en una bolsa del súper cerrada con un nudo muy apretado.  No he podido abrirlo. Coño, pues haberla roto a lo bruto. Sí, claro, para que luego no me valga para la próxima vez, que ahora las cobran, tío. Porca miseria, esos lazos de plástico tan hijoputas me hacen perder la paciencia. Principalmente, porque carezco de memoria genética para desatarlos. Anda, ¿y eso qué significa? Pues yo te lo explico ahora mismico, esto… right now.

         Eso de la memoria genética es muy similar a la ciencia infusa o capacidad de realizar una destreza manual o comprender el mecanismo de algo sin haberlo aprendido antes. La tienen varias especies de simios y algunas de humanos, sean o no superdotados. No hace falta ser un pitagorín de esos que resuelven logaritmos neperianos con la misma facilidad con la que se sacan un moco. Es suficiente con que al ver por vez primera un botijo o un porrón se sepa por qué pitorro hay que beber, aunque se eche uno todo el agua o el vino en la pechera, como los guiris, fuck. También cuando siendo pequeño tus padres te ponen una horchata con pajita y una voz interior te dice que es para chupar y no para utilizarla como cucharilla o soplador de burbujas. Tampoco sirve como antena para escuchar Radio Valencia. Asimismo, unos aprenden a montar en bici casi sin que les digas nada y otros llevan costras y raspones hasta en el escroto después de pasar setecientas veinticinco tardes intentando pedalear con equilibrio y seguir por la tele tres Tours y dos Giros. A la edad de sacarse el carnet de conducir, unos parece que se han pasado la infancia pilotando un kart a toda cebolla y otros, como un amigo mío, preguntan para qué coño vale el tercer pedal de la izquierda. Otras ocasiones el desconocimiento proviene de la excesiva modernidad del artilugio al que nos enfrentamos. Por ejemplo, mi prima estuvo con su novio en un hotel de diseño de Nueva York y descubrieron el último día que habían estado cagando en el lavabo y lavándose la cara en el water.

         Yo siempre he vivido con cierto pesar que me dijeran mis padres que no tenía memoria genética. Me costó darme cuenta que eso no era tan grave. Era peor tener memoria de pez de acuario, como los políticos con sus promesas electorales, o memoria de saltamontes chiflado, que es la de los viejos, pues salta de aquí para allá sin orden ni concierto. Afortunadamente, una hermana mía me enseñó un montón de cosas, desde atarme los cordones a hacer pompas de chicle. No obstante, me dio reparo que me adiestrara en las técnicas amatorias. Así que, fui autodidacta y autónomo durante un tiempo y, después, conocí gente, aunque sin llegar nunca al menage a trois. En conclusión, que la falta de memoria genética se puede solucionar a poco que abramos bien los ojos a la vida, como si fuéramos búhos analfabetos.


        

CONFUCIO

CONFUCIO

LAO TSE

LAO TSE

SAN FRANCISCO DE ASIS

SAN FRANCISCO DE ASIS

MAHATMA GANDHI

MAHATMA GANDHI

VICENTE FERRER

VICENTE FERRER